Medicina, ¿ciencias o letras?

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Medicina. ¿Ciencias o letras? Ay, la eterna pregunta. Ha sido fruto de debate desde Bachillerato, o quizá antes. Anda que no lo habré escuchado veces. Que si por qué sólo se puede acceder por Bachillerato científico, que si acaso hay muchos números en Medicina… ¡y cuánto me han acribillado a preguntas los interesados! “¿Es tan difícil Medicina como Física o Arquitectura?” “¿Es cierto eso de que sólo basta con memorizar?” “¿Hay mucha química en Medicina?” “¿Hará falta calculadora?”

Eso por no hablar de cómo recibimos latigazos por ambas vertientes. Los de “ciencias puras” o “científicos”, como a menudo se dan el bombo, no paran de atosigarnos con sus “es que Medicina no es realmente de ciencias” o “los médicos no entendéis de la ciencia de verdad: nosotros investigamos y vosotros simplemente lo aplicáis”. Y los de “letras puras”, más de lo mismo: “no sois creativos, no jugáis con el arte. Sólo os basáis en lo real y lo tangible”.

Naturalmente, hablo de los más eruditos, de los “cuñados” entre los universitarios, de esos amigos “de ciencias” o “de letras” que todos tenemos y que se dedican a sentar cátedra y a arrojarnos, poco más o menos, al cajón de sastre del que no es ni lo uno, ni lo otro.

Pero pensémoslo bien. Medicina, medicina, medicina. ¿En qué consiste? Imagino que la respuesta es tan subjetiva como cada uno de nosotros. En mi caso, la idea que tengo de la misma se remonta a mi más tierna infancia, a esa edad en la que el valor no recaía en la respuesta, sino en la pregunta. Pues la definición de Medicina no nace del “qué es”, sino de una cuestión mucho más maravillosa y enigmática: POR QUÉ decidí consagrar mi vida a ello.

Desde niña, me fascinaba la Ciencia, en todas sus facetas. Comprendía cuan importante era para el avance de la humanidad. El mundo me intrigaba hasta límites insospechados, y mi existencia giraba en torno a un interrogante para prácticamente todo. La Ciencia, en gran medida, paliaba esa intriga de la que mi mente se alimentaba, y no tardé en desarrollar una inmensa admiración hacia aquellos quienes buscaban explicaciones a nuestra realidad y las utilizaban para ayudar al prójimo.

Y aquí es donde viene lo que yo llamo “el puente”. Ayudar. Ayudar a los demás, tenderles nuestra mano y aportarles bienestar. ¿De veras basta la ciencia más árida para conseguir esto? ¿De verdad un tratamiento analgésico o una vacuna van a ayudar a un ser humano al cien por cien?

Por aquel entonces, otra parte de mí era tan brutalmente de letras que no podía concebir el altruismo como una sola cara de la moneda. Y las Letras comprendían esa otra faceta. Una faceta humana, una faceta sensible, una faceta creativa, una faceta que comencé a advertir en un gremio en el que no había reparado hasta entonces: el de los médicos.

Los médicos, casi como magos, no sólo jugaban con la realidad inmediata, sino que parecían contar con un instinto añadido y prácticamente espiritual. Los observé durante años, y, efectivamente, mi hipótesis se confirmó. Si bien una inmensa parte de la Medicina venía conformada por la Ciencia más pura (de ahí que un gran número de médicos trabajen en investigación), existía un lado que me fascinó: el lado instintivo, el lado intuitivo… el lado empático.

Los médicos no nos movemos por fórmulas exactas. Trabajamos con Ciencia, pero brilla en nuestro interior un indómito espíritu de Humanidades. ¿Por qué? Porque no nos centramos en la enfermedad, sino en el enfermo. Porque no miramos tubos de ensayo ni pipetas (al menos, no siempre) sino que miramos directamente a los ojos de nuestro paciente. Porque no hay dos personas iguales, y porque somos, posiblemente, el único gremio científico que asume la falibilidad de la Ciencia y el individualismo de cada uno de nosotros. Un médico no sólo se guiará por lo que sus dos ojos ven, sino que hará uso de un tercero, el ojo clínico, impulsado por su experiencia y su intuición. Un médico no sólo administrará un fármaco al paciente, sino que le tenderá la mano y lo acompañará en su travesía emocional, siendo el mayor hombro sobre el que llorar y casi un ángel de la guarda. Un médico no sólo curará con realidades tangibles, sino también con lo invisible a la mirada: el cariño, la compasión y el respeto hacia el paciente y su familia. De ahí el famoso dicho de que Medicina no es sólo ciencia, sino también arte. Porque nuestro trabajo no siempre se ve, no siempre se toca… pero se siente.

Hay quien comenta que los médicos somos “un poquito de letras y un poquito de ciencias”. Pero yo me apoyo en lo contrario: Soy totalmente de Ciencias y absolutamente de Letras.

Y por eso estudié Medicina.

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